Blog | ¿Qué sigo haciendo aquí?
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¿Qué sigo haciendo aquí?

Hoy sigo aquí porque Dios quiere que siga estando aquí.

Hace unos minutos atrás me acaba de detener la policía una vez más, es noche de domingo y el invierno nos ha dado tregua este fin de semana, afuera estamos a -7 ºC.

-¿Qué sigo haciendo aquí?– Me pregunto, otra vez.

Vengo de pasar la tarde en el departamento de un amigo, camino de regreso a casa, disfrutando de la noche, la soledad de la calle, y el sonido que hace la nieve al pisar. Un coche de policía se estaciona junto a mí y bajan tres hombres.

“As-Salaam-Alaikum”, les saludo, a lo que responden con un “Wa-Alaikum-Salaam” y nos estrechamos las manos.

Lo que pasará a continuación ya me lo se muy bien: me pedirán el pasaporte, seguido de un interrogatorio para saber dónde vivo, qué hago aquí, por qué estoy aquí, si soy musulmán; tratarán de inventar algún dato faltante en mi documento de identidad: una inconsistencia o un error, sólo para intentar pedirme un soborno; insistiré que no les daré nada, me amenazarán con llevarme a la estación de policía, diré que no hay ninguna razón para que me lleven, se aburrirán de mi pues saben que no hay razón para detenerme y me dejarán ir. Algunas veces he tenido que visitar la estación de policía para absurdas interrogaciones, así que la historia me la sé muy bien.

Esta vez la historia se complica. Ellos insisten en registrar mi mochila dentro de la patrulla, insisto que no –quizás porque crecí en México, nunca, nunca confiaré cuando un policía me invite a revisar mis cosas dentro de su coche-. Al final, logro convencerlos de que me revisen en la calle. No hay nada más dentro de la mochila que pan, queso, mi laptop, restos de la comida de hoy con mi amigo.

Me piden revisar mi billetera, una vez más, no confío; pido enseñárselas yo mismo, por lo que uno de los policías se molesta y me toma del brazo, me intenta meter a la parte trasera de la patrulla, hasta que un compañero lo hace entrar en razón. Después de todo, saben que no tienen una razón para llevarme, él cede a que yo mismo les muestre mi billetera. Ve un billete de mil, me pregunta por qué cargo un billete de tal nominación, me molesto y le contesto rudamente, y es que… Apenas el viernes al ir a hacer las compras para el sábado me detuvieron, hoy es domingo, hace frío de -7ºC, quiero llegar a casa, y ¿qué le importa al oficial si cargo un billete de mil o no? Claro, quiere quedárselo a como dé lugar. Respiro y elaboro un par de respuestas prudentes, no tengo que llamar la atención más sobre mí, no quiero más preguntas.

Los que estamos trabajando para la Iglesia en esta parte del mundo y la feligresía en sí, estamos siendo vigilados por el gobierno, tienen espías dentro de las congregaciones, controlan nuestros visados, visitan nuestros sitios de trabajo, revisan nuestros libros, restringen la lectura de la Biblia u otra publicación con contenido cristiano exclusivamente para ser leídos dentro de la iglesia, y otras cosas más. Hoy, un hermano sigue dentro de la prisión juzgado solamente por predicar la verdad.

Me acuerdo de eso y logro zafar hoy. Un par de bromas sobre México, cultura latina y fútbol con el segundo de los policías suavizan los ánimos, quien cruza palabras con el primero y molesto se mete al coche. Pregunta si bebo alcohol, respondo que no; me invita a ir a un café y beber té, -aunque es una falta de respeto para la cultura aquí-, hoy niego la invitación, sólo quiero llegar a casa. Suben a su patrulla y se alejan lentamente. Arreglo mis cosas, me acomodo el abrigo, y espero a que la patrulla desaparezca por la calle para seguir mi camino.

-¿Qué sigo haciendo aquí? –Me empiezo a preguntar. ¿Qué sigo haciendo en un lugar dónde no puedo andar en paz libremente? Donde el sentimiento de ser extranjero estará para siempre en mi cabeza y en el ambiente. ¿Qué sigo haciendo en un lugar donde creo que no podré llamarlo “mi segundo hogar”?

Escucho el sonido que la nieve hace al pisar. Es una cuadra sin luz, puedo ver por las ventanas de los departamentos a las familias que viven ahí. Pienso… ¡lo tengo!

Hoy creo que sigo aquí por mi vecino, Mohammed, el hombre de barba con quién un -¡Buenos días!- siempre termina siendo una conversación extensa sobre mi religión y sobre la suya. Él no entiende por qué le llamo Hijo de Dios a Jesús, y él quiere que yo vaya a la Mezquita.

O, quizás, sigo aquí para seguir insistiendo en el estudio de la Biblia con aquella amiga a la que invité a la iglesia el verano pasado y encontró ahí amigos que se convirtieron en una nueva familia.

Quizás, para seguir jugando o tocando la guitarra a Sergey, un niño no adventista que llega casi todos los sábados a nuestra Iglesia y pidió que le regaláramos libros para llevar a su casa y que su mamá pudiese leer también.

Creo que sigo aquí para visitar otra vez a Fátima, la mujer que me adoptó como su nieto en un asilo de ancianos y me pidió que aprendiese una canción para cantarle la próxima vez que la visite.

Hoy creo que sigo aquí para seguir cumpliendo los planes por los que llegué, esos sueños que aún tenemos que hacer realidad… Hoy sigo aquí porque Dios quiere que siga estando aquí.

Escrito por Uriel Castellanos, egresado de la Licenciatura en Comunicación y Medios de la Universidad de Montemorelos, actual director de Hope Media Chiapas, quien estuvo tres años y medio en algún país de la ventana 10/40.