La experiencia de voluntariado que cambió mi vida

«¡Es que no tiene sentido! Si estudiaste ingeniería no es posible que vayas a estudiar arte, así que olvídate de tu visa». Llevábamos más de tres horas en la embajada italiana de la Ciudad de México tratando de que nos dieran la visa para poder ir a la escuela adventista de Florencia, Italia, como voluntarios. A mi amigo el Pollo, lo habían bateado primero porque estaba antes en la fila… recuerdo verlo tomando sus cosas, dando media vuelta y, mientras caminaba, decirme que era imposible que nos fuéramos.

Acabábamos de terminar de estudiar Ingeniería en Sistemas Computacionales en la Universidad de Montemorelos y estábamos listos para ir a vivir un año de voluntarios en Villa Aurora, sin recursos pero con el sueño de ir a Italia. El problema comenzó cuando llegamos a la embajada a presentar nuestros papeles y la señora que atendía, de humor escaso, vio que la invitación de la escuela decía que íbamos a tomar el curso de Historia del Arte (cosa que era cierta, porque entre los beneficios del voluntariado estaban aprender el idioma y llevar este curso) pero no nos creyó y le dijo al Pollo que era imposible.

Tan cerca y tan lejos… pensé en que ya habíamos hecho demasiadas cosas durante el año como para quedarnos a la orilla del sueño. Tocó mi turno y apenas estaba abriendo la carpeta con mis documentos cuando la señora italiana intentó no se si persuadirme o correrme, o ambas: “Si vienen juntos, ahórrate el tiempo y da oportunidad a que avance la fila”. “Buenos días. Sí, venimos juntos, pero es que creo que hay alguna confusión, nosotros necesitamos la visa para ir a Florencia…” “Mira, las visas de estudiante se otorgan cuando la papelería coincide y, en el caso de ustedes, no es así… no puede ser que después de estudiar ingeniería, me digan que van a estudiar arte, me están mintiendo, así que vete antes de que me moleste”.


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Así se pasaron tres horas. Le expliqué todo argumento posible con una terquedad que hasta entiendo su molestia. Argumentos como el de que era nuestro sueño, que no teníamos dinero, que no estábamos diciendo mentiras, que habíamos trabajado todo el año para poder ir… en fin, todos los argumentos que te puedas imaginar. Al final ella explotó, levantó la voz y le pegó a la mesa. Le pidió al carabiniere (policía italiano) que me sacara. Presto a la instrucción, el carabiniere, que medía como cuatro metros, me pidió de forma amable que me retirara, mientras me tocaba el hombro mostrándome la salida, por donde alcancé a ver a lo lejos a mi amigo el Pollo, muy impaciente.

Se apagaba el sueño… se alejaba Italia tal vez para siempre. Mientras caminaba a la salida, me cuestioné si tenía sentido ir a Italia como voluntario y estudiar arte, cuando ya había acabado la carrera. Tal vez lo mejor sería quedarme y ser congruente con mi carrera profesional, ponerme a trabajar de inmediato, ahorrar, casarme, tener hijos y hacer la vida como todos conocemos. Tal vez la señora italiana me estaba dando una lección de vida… pero no, las historias que de verdad trascienden nunca fueron fáciles ni se lograron a la primera.

Con el último gramo de esperanza y desde el fondo del corazón le dije al policía: “De verdad no estoy diciendo mentiras, permítame intentarlo una última vez. Mi sueño más grande es ir a su país, deseo más que nada en el mundo conocer la bella Italia, ¡por favor oficial!”. No sé cómo se conmovió, pero creo que supo que no mentía y con una muestra de misericordia épica y arriesgada, me dijo que él iba a seguir caminando como si no pasara nada, que yo fuera a intentarlo en silencio y sin evidenciarlo.

Llegué y le abrí mi corazón a la señora italiana que, solo de verme, dijo no sé cuántas cosas con las manos (típico de los italianos): “Le aseguro que estoy diciendo la verdad. Entiendo que no hace sentido que vaya a estudiar arte si aquí estudié ingeniería en sistemas… lo entiendo porque casi nadie lo hace, pero estoy seguro de que esto va a cambiar mi carrera profesional para siempre. Quiero crecer y ser, por lo menos, un poquito de lo grande que fueron los personajes de su historia; estoy totalmente seguro que ir a Italia me cambiará la vida, le aseguro que estoy diciendo la verdad”.

Bajó la cabeza mientras suspiraba y me pedía los papeles con una expresión de incrédula resignación. Mientras le entregaba mi carpeta, y con un descaro como el de alguien que jamás va a dejar solo a un amigo, le dije que no se olvidara que éramos dos, que afuera estaba el Pollo esperando. Me vio con los ojos más abiertos que nunca, ¡pero era todo o nada! o íbamos los dos o no iba nadie. “Ve y háblale a tu amigo”.

Minutos más tarde, mientras terminaba de firmar y sellarnos los papeles, nos despidió diciéndonos que no quería volver a vernos nunca más. Y no fue necesario, porque tuve palabra. Ese viaje a Italia cambió mi vida para siempre. Hoy vivo de proyectos que combinan disciplinas tecnológicas y artísticas, y soy un fiel creyente del valor de la multidisciplina como el valor fundamental de la creatividad. Ese viaje me detonó búsquedas de arte, historia, comida, viajes y muchas cosas que han transformado mi vida y la vida de quienes tengo cerca.

Te cuento esta historia para que luches a muerte por ir a nuevos horizontes, para que luches por llenarte de memorias y aprendizajes que nadie más tiene, a través de la multidisciplina. Te cuento esto para que nadie te diga que tu búsqueda creativa no tiene sentido. Te cuento esto también, para que nunca dejes solo a un amigo.


AutorEscrito por Samuel Gutiérrez, exaUM de la Facultad de Ingeniería y Tecnología en nuestra UniMontemorelos