Observar el día sábado erradica del corazón el egoísmo, coloca la búsqueda de gloria personal en su debido lugar y exalta la gloria de Dios nuestro Creador.

“Y dio a Moisés, cuando acabó de hablar con él en el monte de Sinaí, dos tablas del testimonio, tablas de piedra escritas con el dedo de Dios” (Éxodo 31:18).

¡Escritas con el mismo dedo de Dios! Es una bendición contar con las Sagradas Escrituras, donde a lo largo de 66 libros y 1,189 capítulos, es posible conocer la voluntad de Dios para la humanidad y el plan de salvación. Sin embargo, resaltan de manera especial los mandamientos dados a Moisés en el Monte Sinaí, que llevaban esculpidos en piedra las mismas marcas impresas de los dedos divinos. Siendo que la Biblia establece claramente que “Dios es amor” (1 Juan 4:8), lo que ha sido producido por su propia mano es, por lo tanto, también una expresión de ese amor. No de arbitrariedad o capricho, sino un enunciado de amor.

En el corazón mismo del cuarto mandamiento, es posible identificar el “qué” y el “cómo” de la observancia del sábado como un día santo, pero resalta también el “por qué” de dicha importancia. En el contexto de una sociedad que busca el beneficio personal, en ocasiones egoístamente desenfrenada, de lo que hace, compra, visita, recibe, y actúa, vale la pena considerar la pregunta: Guardar el sábado ¿aporta algún beneficio personal, familiar o físico?

El mandamiento afirma “porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra…” (Éxodo 20:11). El “por qué” de la observancia del sábado radica en que Dios es el Creador. Consecuentemente, el reconocimiento de que Dios es el Creador trae un beneficio incalculable en la vida del individuo: “no soy dueño de mí mismo”. El apóstol Pablo lo expresó así: “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles…todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16).

De esta manera, el sábado se convierte en una salvaguarda del egoísmo. Cuántos problemas se evitarían en una familia donde el padre o madre de familia no buscan lo suyo o donde los hijos no pensaran solo en agradarse a sí mismos en complacencias personales. Cuántos males se erradicarían en la sociedad si fuese gobernada por hombres y mujeres que, en lugar de buscar la gloria individual, se afanaran por reconocer que no son dueños de lo que tienen, sino administradores de lo que ha sido otorgado a ellos (Romanos 13:1–2).

La palabra “recordar” con la que inicia el cuarto mandamiento, es la invitación a no olvidar que el ser humano no se pertenece a sí mismo, sino que pertenece a su Creador. El Creador no se ha olvidado de sus hijos, así lo expresa el profeta: “¿se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti” (Isaías 49:15).

El sábado erradica del corazón el egoísmo, coloca la búsqueda de gloria personal en su debido lugar y exalta la gloria del Creador quien “ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).


...Escrito por el Dr. Miguel Patiño, quien se desempeña como docente en la Facultad de Teología de la UniMontemorelos