“Muchas de las cosas que nosotros necesitamos pueden esperar, los niños no pueden, ahora es el momento…”-Gabriela Mistral

Quienes estudian el desarrollo humano, han sugerido etapas para representar los avances en el crecimiento y, si bien cada etapa del desarrollo es importante, hay una que resulta clave por los alcances que tiene: la infancia, que abarca los primeros siete años de vida, por lo que en este artículo quiero invitarte a repasar algunos aspectos importantes que caracterizan dicha etapa.

Durante los primeros siete años, el desarrollo del niño se da en forma acelerada y los cambios suceden con mucha rapidez. Si eres padre o madre, ¿no sientes como si fue ayer cuando tenías en tus brazos un tierno bebé que dependía por completo de ti? Y de pronto, en el lapso de meses, ese bebé creció y se volvió independiente, desafiándote con preguntas en busca de respuestas para satisfacer su curiosidad. Además, si analizamos distintos aspectos del desarrollo, encontramos que todos ellos sientan las bases para lo que un niño llegará a ser de adulto.

En cuanto al desarrollo físico, este es el período de la vida donde se producen los mayores cambios: de recién nacido -totalmente dependiente de sus padres-, a un niño que camina, corre y quiere conocerlo todo por sus propios medios. Y ¡qué importante es dejarle crecer! Lo que se aprende en esta etapa, deja una huella marcada que se profundizará con la repetición de las acciones.

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Con respecto al desarrollo mental, los niños de estas edades pasan por dos momentos: la etapa sensoriomotriz, en la que el aprendizaje se da a través de las percepciones recibidas por los sentidos mediante la experimentación; y la etapa preoperacional, caracterizada por el pensamiento mágico como forma de entender y explicar cómo funciona el mundo que le rodea. Una conocida escritora cristiana, Elena de White, al referirse a esta etapa en su libro Conducción del Niño, afirma que la mente del niño es susceptible a las impresiones, progresando rápidamente en la adquisición del conocimiento. Otras características sobresalientes de estas edades son la curiosidad e ingenuidad, no en vano Jesús dijo que, si no nos volvemos como niños, no entraremos en el reino de los cielos (Mateo 18:3).

Al hablar del desarrollo social, en esta etapa se sientan las bases que caracterizarán las relaciones interpersonales a lo largo de la vida. El vínculo emocional que el niño desarrolle con sus padres, denominado apego, es el que le dará la seguridad emocional que necesita para desarrollar una personalidad saludable. Por eso, es fundamental que los padres dediquen tiempo de calidad a sus hijos, en el que compartan actividades y cultiven el compañerismo y la amistad.

Finalmente, quiero hablar del desarrollo espiritual. Los hábitos se forman desde el mismo nacimiento, estableciendo el fundamento de lo que será el carácter y el desarrollo espiritual de la persona. Por ello, es importante enseñarle al niño acerca de Dios, a través de las historias bíblicas, el estudio de la lección de la escuela sabática y el culto familiar; así como formar el hábito de asistir a la iglesia.

Termino compartiendo un fragmento de “Los hijos no esperan”, una reflexión de autor desconocido en que vale la pena meditar:

“Hay un tiempo para tenerlo entre mis brazos y contarle la historia más hermosa que jamás haya oído. Un tiempo para hablarle de Dios y enseñarle a maravillarse y sentir asombro. Hay un tiempo para llevarlo al parque a columpiarse, de correr con él una carrera, hacerle un dibujo y darle compañerismo lleno de alegría. Hay un tiempo para enseñarle el camino, enseñarle a orar con sus labios de niño y enseñarle a amar la Palabra de Dios, porque los hijos no esperan”.

...Entrada escrita por la Mtra. Gladys Steger de Hilt, docente de la Facultad de Educación en la UniMontemorelos