Reflexiones por el Día del Abogado en México. Celebrado cada 12 de julio, desde 1960, por un decreto presidencial en el sexenio de Adolfo López Mateos.

Podía notar la confusión en la cara de mis estudiantes al tratar de responder la pregunta que había formulado. “¡Tú siempre preguntas el significado de las cosas!”, -exclamó uno de ellos con tono de reproche-. Y la verdad tenía razón, me gusta definir las cosas y analizar los conceptos, pues considero que las palabras contienen la esencia de lo que representan. Es por eso que iniciaré esta pequeña nota refiriendo un par de conceptos que, inmerso en la lectura de “El alma de la toga”, una obra de Ángel Ossorio, pude distinguir.

Usualmente, entendemos como sinónimos las palabras abogado y licenciado en derecho, pero si analizamos detalladamente sus definiciones, podemos hacer la respectiva distinción entre la primera, que se refiere a aquella persona que, como un ministro de justicia, ejerce permanentemente la abogacía; y la segunda, que se limita a describir a quien ha concluido los estudios académicos de derecho y cuenta con una licencia que le autoriza a actuar profesionalmente.

Es esta sustancial diferencia la que nos lleva a un análisis más profundo respecto de las características particulares de un abogado y de un licenciado en derecho; sin embargo, es el abogado la figura en la que nos enfocaremos.

Ossorio lista varias características que todo abogado debe tener. Entre ellas destacan la fuerza interior, la sensación de justicia, la moral, la sensibilidad, la independencia, el trabajo, la palabra, la clase, entre otras. En otras palabras, el abogado es una persona íntegra en el amplio sentido de la palabra. Es claro que los abogados no son perfectos y ser sujeto del adjetivo “íntegro” no es cosa fácil, pero creo que dentro de las circunstancias específicas de cada caso en el que el abogado se vea involucrado, siempre existirá la posibilidad de optar por el camino que mejor concuerde con la integridad. Es justo en esa instancia, donde la moral del abogado juega un papel trascendental.

Sin duda alguna, el sistema de administración de justicia contemporáneo no está exento de corrupción, y este ha sido un problema cuya existencia se remonta al surgimiento de las instituciones del derecho romano; si no me creen, pregúntenle a Marco Tulio Cicerón en “La columna de Hierro” de Taylor Caldwell, un libro muy recomendable.

¡Qué problema! ¿No lo crees? ¿Cómo desarrollarse en un ambiente corrupto sin incurrir en corrupción? ¿Acaso no dicen que a quien miel menea, miel se le pega? Suelo considerar y respetar la sabiduría de los refranes, pero creo que esta vez haré una excepción; y sí, aunque no consiga la simpatía de algunos de mis estudiantes con esto, voy a dar respuesta a las interrogantes formuladas definiendo una palabra: INTEGRIDAD.

Según la Real Academia de la Lengua Española, integridad se refiere -en una de sus acepciones- al calificativo de una persona que es recta, proba e intachable; cualidades que encajan perfectamente con el perfil del abogado, según Ossorio. Por otro lado, una cita que presenta la noción de integridad de una manera aplicada, es la siguiente: “Uno de los modos más importantes de poner de manifiesto la integridad consiste en ser leales con quienes no están presentes. De esa manera construimos la confianza de los que sí lo están. Cuando uno defiende a quienes están ausentes, retiene la confianza de los presentes.” del escritor Stephen Covey.

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Creo, fielmente, que los abogados debemos ser personas íntegras, buscando siempre la forma de ministrar la justicia en cada situación que se nos presente. No es un asunto fácil, puesto que existen diferentes estructuras de pensamiento e ideologías que hacen de la conducta un objeto de relatividad, incluso procedimientos y leyes que podrían atentar contra los valores personales del profesional. Al respecto, el precepto IV del decálogo del abogado, propuesto por el uruguayo Eduardo Juan Couture Etcheverri, nos exhorta a luchar por el derecho, pero si este se encontrara en conflicto con la Justicia, habremos de optar por la Justicia.

Algunas personas de la comunidad religiosa aún consideran que la abogacía no es una profesión apropiada para un cristiano y me pregunto cuál será la razón de su postura. ¿Será la gran oportunidad de testificar como profesionales íntegros? ¿la concordancia filosófica con los mecanismos alternos de solución de controversias? ¿la evidente oportunidad de servir al prójimo? o ¿la gran necesidad de servicios legales en nuestras instituciones? Sea cual fuere, me enorgullece compartir que la Universidad de Montemorelos invierte tiempo y esfuerzo en formar abogados con un perfil profesional y humano concordante con sus principios. No simplemente licenciados en derecho, sino abogados que, a consecuencia de su relación con Dios, comprendan la justicia y el derecho, la equidad y todo buen camino; que la sabiduría esté en su corazón, y el conocimiento les endulce la vida. Abogados cuya discreción los cuide y su inteligencia los proteja (Proverbios 2: 9–11).



...Escrito por el Lic. Uriel Suárez, Gestor legal en la Dirección jurídica de la Universidad de Montemorelos y docente en la Facultad de Ciencias Empresariales y Jurídicas de la misma institución.