Las crisis forman parte de nuestra vida y son ellas quienes nos ayudan a desarrollar la mejor versión de nosotros mismos.

La palabra “crisis” envuelve un sinnúmero de significados y, dependiendo la individualidad de cada ser humano que la posea, puede significar peligro, cambio, momento crucial u oportunidad. Las crisis forman parte de nuestra vida y son ellas quienes nos ayudan a desarrollar la mejor versión de nosotros mismos.

Podemos distinguir dos tipos de crisis, que me gusta nombrar de la siguiente manera:

a) Las crisis que tienen que pasar. Por ejemplo, ir a la universidad, casarse, tener hijos, mudarse, encontrar un trabajo o el fallecimiento de alguno de nuestros abuelos o padres. Estas son crisis que forman parte del transcurso de la vida habitual del ser humano, crisis a las que estamos expuestos desde la primera bocanada de aire que inhalamos al nacer.

b) Las crisis que no tendrían por qué pasar. Crisis que nos perturban y desorganizan emocionalmente por cierto periodo de tiempo. Ejemplo de ellas son desaprobar una asignatura, divorciarse, perder un empleo, padecer una enfermedad terminal, perder un hijo o un hermano. Estas son crisis que, a diferencia de las que tienen que pasar en nuestra vida, estas no tendrían por qué hacerlo; son inesperadas, inimaginables e incluso podríamos considerarlas hasta intrusivas y sin sentido, pero en el mundo en el que vivimos estamos expuestos a ellas.

Ambos tipos de crisis, tarde o temprano en la vida de todo aquel que pasa por ellas, generan un proceso saludable y reparador llamado adaptación, pues se genera un equilibrio en nuestras emociones y al final del trayecto desarrollamos una nueva y mejor versión de nosotros mismo; versión donde somos conscientes de que no somos inmunes a los vientos fuertes, pero también somos conscientes de que siempre, viento tras viento, podremos mantenernos en pie.

Para que podamos enfrentar de mejor manera las distintas adversidades que surgen en nuestra vida, te recomiendo poner en práctica lo siguiente:

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Foto de Daniel Reche en Pexels

1. Haz actividad física, de preferencia al aire libre. Así cuidarás no sólo tu salud física, sino también tu salud mental, liberando neurotransmisores involucrados en el adecuado funcionamiento de tu cerebro. Experimenta cómo después de unos minutos de actividad física te sentirás más feliz, más tranquilo y con menos estrés.

2. Descansa bien, duerme de 7 a 8 horas por la noche. Es en el buen descanso donde todas las actividades que realizaste durante el día se integran. Un buen descanso es sinónimo de mejor estado de ánimo, energía y agudeza mental.

3. Aliméntate de forma más saludable. Muchas de las células y neurotransmisores de nuestro cerebro se forman a partir de los alimentos. Incluye en tu dieta legumbres, frutos secos, verduras y frutas.

4. Comparte, sé generoso. Poder ayudar a otros (en la manera en que puedas hacerlo) hará que te sientas mejor, más útil y con un propósito.

5. Sé agradecido. Un espíritu agradecido es un espíritu completo.

Las crisis y las emociones producto de ellas, son pasajeras. Es posible que, cuando aparezca una crisis, sientas que tu habilidad para enfrentar los problemas ha desaparecido por completo y que no logras ver la solución para ellos, pero recuerda que en las crisis se pierde temporalmente la capacidad de afrontamiento; por ende, tu respuesta rápida ante ciertos problemas estará comprometida.

Por otro lado, cuando sientas que los problemas que enfrentas no tienen salida y comienzan a afectar tu trabajo, tus estudios, tu relación familiar e interpersonal, es hora de buscar ayuda de un profesional de la salud mental. ¡Verás como juntos descubrirán la salida y podrás sentirte mejor!


...Escrito por la Dra. Lizzette Hernández, médica psiquiatra y quien se desempeña como docente en la Facultad de Psicología de la UniMontemorelos